I.- INTRODUCCION:
Cuándo, en que lugar, a que hora comenzó el acoso? Lo cierto es que el fatídico circulo fue reduciéndose hasta que no quedó posibilidad de salida. Y la presa atemorizada, aterida, cayó victima de la desesperación más deprimente. Sojuzgada y condenada para siempre a ser esclava insalvable de su propia perversión.
¿Cómo empezó?.
Esa inclinación, ese instinto primordial hacía lo bajo y ruin de la existencia, vive, pervive y actúa hasta en el mismo alma de los ángeles, como alguna de estas historias atestiguan.
Durante años busque la posibilidad de una salida, y solo encontré la dimensión desconocida por la que los hombres se vierten, inevitablemente, hacía el abismo.
En el lugar y tiempo más inesperado el instinto del mal, que camina suspendido sobre nuestras cabezas, puede apoderarse de nosotros.
Pero no, ese instinto somos nosotros mismos; es la dimensión auténtica y desconocida por la que el hombre goza de su naturaleza contra la naturaleza.
.- Y ME CONTEMPLE EN EL ESPEJO
25 de Diciembre. Nieva. A través de los barrotes de mi celda contemplo, con la indiferencia de un condenado a muerte, el ciego tropel y el incesante hormiguear, sin sentido, de la gente. Como si se tratara de una grotesca escena de la mente retorcida de un absurdo autor teatral, cuya única acción se concretiza en el ir y venir sin rumbo por el escenario de la vida. Con el fondo intermitente de luminosos anuncios, que como focos resaltan las impersonales siluetas, que bailan al ritmo desenfrenado del monótono ruido de la circulación , en el disco eterno del más grandioso cabaret del Mundo: El Mundo mismo.
Quizás victima de este drama sin sentido empecé mi papel en escena. Hasta que embriagado en la inevitable necesidad de la interpretación, sintió mi alma el vértigo de lo trágico y pidió un destino más elevado:Una obra contra la escena.
Y ahora, que por fín, el desarrollo va a llegar a su conclusión lógica, me siento como Hamlet a punto de decir mi última gran frase:
”Ser o no ser; pero antes que no ser, el crimen”
Y así suspendida sobre mi cabeza la cuerda fatídica, espero el último aplauso; justo tributo a un gran actor, que prefirió morir a interpretar una mala obra.
Son las tres y veinte de la tarde. A las siete tendrá lugar mi ejecución. Y la espero con la resignación del que sabe que es fiel a su destino y que porque ha sido exacto en el cumplimiento de su papel a nada debe temer. Nada ni nadie le arrebatará el último aplauso, la justa recompensa por su interpretación.
Y esa sombra que se ciñe sobre su ya sombrío ceño; esa vana presencia metafísica, no prevalecerá en su ánimo; no podrá turbar su tranquilidad, que nunca ha buscado, ni alterar su permanente inquietud natural; único sentido trágico de la vida, cuando los hombres, ya no lo son para aguantar un simple cuarto de hora de dolor, y necesitan barbitúricos y estupefacientes para eludir sus problemas.
He aquí mi vida, mi locura, como antídoto contra la cordura del sinsentido. He aquí la voluntad perpetúa del delito contra la disolución de la individualidad en la confusión del tropel y en el nirvana del azar. Mi vida es la voluntad perpetua de la escena.
Me llamo Jorge Aldao. Mi vida profesional es exitosa y fructífera. Simultáneo con éxito tanto la esfera pública como la privada, de las que obtengo posición y beneficios.
Como padre, la fortuna ha sido dadivosa (tengo dos hijos y una hija, i pequeña Helena; por los que se me encandilan complacidos mis ojos).
Gozo de la voluptuosidad del amor que el tálamo otorga y la complacencia en la belleza compartida de mi mujer Elvira.
Pero con el tiempo he llegado a comprender la fugacidad de las cosas; lo expuesta que esta la belleza a marchitarse, oxidarse bajo la acción de lo cotidiano, a volverse insensible a la rutina; a cubrirse con esa patina de nausea que los cosméticos intentan en vano disimular.
Porque no se ajan los pétalos por el transcurso del tiempo; se marchitan por el uso y el abuso de la contemplación; por la inspiración del aroma que incita el celo; y cuando la carne se vuelve insensible al encanto, la ilusión desaparece.
No perdura más que la riqueza; su valor de uso y su valor de cambio no pueden permanecer constantes; se agota la propensión al consumo, la satisfacción del deseo, y se retorna a la regresión media a la pobreza; y nuestro espíritu, ya no encuentra satisfacción en las cosas, y el coste marginal por salir del hastío se vuelve impagable.
Mi mujer era un dispendio de todo lo bueno: rica, culta, sencilla, apasionada como la que más; responsable de las obligaciones familiares, atenta servidora de los tributos de la carne (jamás dudo de dar al cesar lo que le correspondía, se adelantaba incluso al pago de la deuda y com placer gozaba de la legitimidad del uso) Por eso jamás concebí ni cuestioné su fidelidad a mí. Porque su vida estaba inexorablemente unida a mi vida y a mi goce.
Era feliz y honrado. No se hagan ilusiones el hombre es honrado si es feliz. El robo, la apropiación indebida, los atentados contra la propiedad, son el resultado de la injusta distribución de las riquezas. Si el hombre es un delincuente social, es porque la sociedad le expropia su honradez. Y cuando la riqueza nos embarga el alma; entonces, aparece otra forma de delincuencia más dolorosa, más difícil de detectar y erradicar, pero no menos peligrosa. Pero esto es otra cuestión.
Todo era hermoso, pleno, distinto; pero por la mañana, al despertarme, mi obsequiosa mujer, me tenía preparado el desayuno. Me regalaba con la armonía de su voz; pero algo en mi alma se desgarraba con su constancia machacona, y reiterada como una instrucción en bucle. Todo perfecto, pero como bien sabemos: todo lo perfecto da asco.
Buenos días cariño.
Siempre lo mismo, con el mismo tono, meloso, desprendido, alegre. Como melodía grabada en estudio por un coro de ángeles.
Su sonrisa se me antojaba un insulto a mi oculto humor de perros. De tanto verla se me antojaba un rasgo facial perenne; tediosa; como aquellas hojas siempre verdes que nunca se caen del árbol. Reflejo insultante de la fisonomía labrada en piedra, que da la seguridad del origen. La sonrisa perfecta de una dentadura de diseño, perfectamente resplandeciente y cuidada; el semblante terso; y esa luz en los ojos que da el brillo acumulado del dinero, que nada inquieta ni ensombrece.
Llegaba a la salita. Siempre los mismos cuadros. Un orden riguroso, asfixiante. El suelo brillante, como espejo que hería mi sensibilidad opaca, ciego ante la luz que ocultaba las formas, percibía el eco tenue de unas voces imprecisas que me hablaban desde atávicas y monstruosas sensaciones.
Pero allí estaba ella, y su bayeta a punto. Para deslizarme por la superficie resbaladiza de un suelo impoluto, mitad espejo y mitad gélido hielo.
Y me desplazaba, vertiginosamente, por el suelo encerado del pasillo; temeroso de perder el equilibrio; arrastrado por una fuerza irresistible hasta estrellarme con un muro infranqueable, que quería impedirme llegar a la cocina. Pero no, solo eran alucinaciones del miedo, que se cobijaba en lo más profundo de mi alma.
Mi mujer era minuciosa, agotaba todas las posibilidades hasta la extenuación, hasta el último detalle. Solo una cosa me alegraba encontrar perpetuamente, día a día, encima de la pequeña mesa redonda. Era el enorme jarrón, siempre renovado, que ella madrugadora, llenaba con su ternura empalagosa, con frescas rosas. Y que, en lo más inconsciente, desde lo más atávico de mi alma, reclamaba su derecho de propiedad sobre ese lugar preciso.
La excepción constituía la regla, y las rosas tenían que ocupar el sitio a ellas destinado. Lo demás sobraba.
Ese rojo destellante, hiriente, atraía mi alma que giraba en torno de su campo de fuerza como un satélite que, prisionero en un campo de gravitación inevitablemente, va perdiendo su fuerza de rotación hasta caer devorado por las llamas.
Yo gozaba en el cataclismo, en la demolición, en el acoso de lo inevitable. Lo sabía …y sin embargo…
Antes de desayunar me duchaba. Era una necesidad insoslayable. Tenía siempre la impresión de estar sucio. El hollín de la noche, la sustancia pegajosa de la molicie, había recubierto de una pátina verde-negruzca mi cara; mis manos; mi vientre; mis genitales, todas las ruinas y vilezas de mis desnudas carnes.
Cada noche soñaba que vagaba por calles lúgubres, cubiertas de cubos de basura y latas oxidadas. Entonces, en el largo y raquítico paisaje de abedules y acacias, la luna llena se paraba encima de mi cabeza. Y yo ininterrumpidamente me dedicaba a volcar los cubos a hurgar entre los desperdicios y llevármelos a mi casa.
En mi saco lleno de tesoros, abundaban los frutos secos con sus cáscaras, peladuras de naranjas y patatas, o cualquier otro envoltorio que recubriera la pulpa, cortezas, granos y latas… muchas latas.
Y llegaba hasta mi casa. Y los distribuía estratégicamente, con el orden que niega la estructura; esa sistemática ordenación, la harmónica concreción en la que cada mueble está relacionado con los demás por la tiranía del todo; donde cada objeto pierde su individualidad en beneficio del rigor estético.
Y allí llegaba el elemento perturbador, la cáscara o el bote. Y por arte de magia, cada objeto recobraba su posición…. y aparecía la vida como una entidad definible, mientras se subvertía la estructura.
Entonces, la luz incidía con más fuerza sobre las rosas rojas que presidían la sala, y destellaban con arrogancia insolente.
Pero todo era un sueño. Y yo nunca estaba sucio. Ni había botes ni peladuras en la sala. Y cuando terminaba de ducharme, me ponía la bata y me afeitaba. Pero algunas veces al mirarme en el espejo creía ver que mis facciones no estaban determinadas, que en realidad no tenía rostro, y que un bulto ovalado, informe, constituía el peso que llevaba sobre mis hombros.
Pero eso solo son conjeturas. Lo cierto es que en mi interior sabía que yo era un hombre que estaba por realizar. Imaginaba entonces que poco a poco me salía una barba irregular, que me daba un aspecto de presidiario triste. Y entonces se llenaba la informe masa de mi cara de líneas bien precisas, dándome una fisonomía inconfundible: La de un asesino.
Mis ojos adquirían un destello especial y brillaban en la trágica locura del delito.
Pero todo era consecuencia de ese estado de sopor en el que se ven envueltos los hombres respetables cuando se levantan por la mañana; y las obligaciones cotidianas, suspendidas como pesadas losas sobre sus cabezas, que empiezan a adquirir consistencia. Son los últimos coletazos del cetáceo del sueño, sus vanos intentos por eludir la ineludible carga de cada día.
Bien afeitado, y tan guapo como un san cristo antes de la crucifixión, escuchaba la voz melosa, machacona y monótona de mi esposa.
– Cariño usa la bayeta, ya tienes el periódico y el desayuno en la mesa. No te entretengas, se te va a hacer tarde.
Que me importaba a mí la hora. Cuando se carece del sentido de la vida, el tiempo es un incordio; algo que nos tortura por nuestro absoluto despropósito. Y cuando el significado de nuestra vida nos apremia, nos devora la causa y el tiempo nos tortura. El instante, el desarrollo de los hechos, el devenir nos arrastra, y el tiempo se desvanece en el eterno fluir, en la vorágine de los acontecimientos. Entonces la causa se confunde con los efectos, los hechos con las intenciones en una transustanciación prodigiosa, en una conjugación intima entre la causa, el instante y el hecho. Y es la integración de estos intervalos sin tiempo lo que configura nuestra vida.
La tensión no solo suspende el ánimo, sino que además interrumpe el tiempo, y es la secuenciación forzada de estos fotogramas, lo que le otorga la falsa sensación de movimiento, su apariencia de vida.
Así debe ver Dios, el montador de filmografías, las infinitas posibilidades de la vida; pues este paranoico del cinematógrafo nunca sale de su cuarto oscuro.
Y ya bien afeitado y acicalado, deslizándome sobre la brillante superficie encerada arribaba a la cocina y desayunaba. Y leía el periódico.
Las rotativas escupen su tinta como la sangre se estampaba en las paredes; inmisericorde y sin conciencia de sufrimiento; apáticos y sin valorar las consecuencias de la letra impresa.
Era la última noticia: el bombardeo; la estafa; el cambio de gobierno; una mujer violada por su perro; la huelga de la enseñanza; la caída de la bolsa; la subida del precio de las manzanas; la visita del presidente Bush; la beatificación de Teresa de Calcuta; la demolición de la catedral de Burgos; el levantamiento de las alambradas; la caída del muro en un colegio; las penas de las embragadas.
Era la noticia escueta, sin comentarios ni nada. Un estilo conscientemente empobrecido, al alcance de todas las calvas. Un estilo tan aséptico para que los hechos pierdan su fuerza, a favor de la novedad de los hechos; para facilitar las lecturas de las vistas cansadas, de las mentes cansadas; de las gentes con prisas; de las almas vagas.
Tan vagas como las noticias; tan imprecisas como las promesas de los políticos en las campañas. Todo para el negocio; todo para la propaganda.
Trapos sucios del gobierno; intrigas y contubernios periodísticos; y cena de negros hasta la madrugada. Hermosas palabras, en las que latía palpable, y a sus anchas, la contradicción.
Y, por último, lo único que merecía la pena; el hecho bruto, cruel, la prueba de fuerza que es la guerra. Y que ahora, sin el valor de llamar a cada cosa por su nombre, ocultan bajo en eufemismo de preventiva. Yo prefiero llamarla preservativa, pues bien, que nos dan a todos por el culo con ella.
Miraba todo ello con indiferencia, casi leyendo de pasada. Y me detenía en las esquelas. Me recreaba en la hermosura de las tintas, ennegrecidas por el luto, en la esbeltez casi, elegancia de las letras; en el contenido emotivo de la pena; en la llamada a los allegados y conocidos; en la breve y pulcra biografía. Hijo de tal, nació en fecha tal y falleció en tal.
Nada más. Pues para este último currículum o tarjeta de visita que es la esquela; a la directora de personal de esta empresa, que es la muerte, le sobran todos los demás datos de su vida.
Me producía un cierto regocijo imaginar la mía. Y hasta valoré la posibilidad de insertarla, y así poder estudiar las reacciones emocionales que provocaría. Me recreaba en el dolor o la indiferencia en mi esposa, padres, hijos, y amigos; cuando ajenos a todo leyeran el diario, ignorantes, pero previsoramente inmunizados por mí, contra lo imprevisto del destino. Pero no, todavía me quedaba una chispa de esa forma de locura que llaman sensatez.
En cuanto a mi esposa, no me hago ilusiones. Se que hubiera llorado mucho. Pero no por mí. De nada sirven las lágrimas a los muertos. El duelo es el tributo que pagamos los vivos, por habernos librado de los muertos. Es la justa recompensa, en cargas de apariencia, y el desahogo por nuestros miedos ante el imprevisible futuro. El dolor transferido de la cuenta corriente del muerto, que ya no lo necesita, al vivo que lo tendrá que utilizar hasta el cierre de su cuenta. El dolor es la unidad de cambio con que se salda la hipoteca de la vida.
Pero como dice el refrán que no hay dolor que mil años dure, ni muerto que no se pudra. Acabada la cuaresma será el gozo de la carne de la viuda y vuelta a la calenda. Pasado el frio invierno, volverá el calor a las sábanas, y el regocijo a los cuerpos. ¡Dios mío cuantos entuertos arregla un muerto!!
Y referido a mi mujer, con el tiempo, quien sabe: Seguro que se volvería a casar o a gozar con su o sus amantes de su buena posición económica y libertad, sin obligación de dar explicaciones, por su condición de viuda
Recuerdo, que, en otro tiempo, cuando la conocí, era una gran mujer. Llena de ideas y de vida. Entregada con tesón a cambiar un mundo irredimible. Arrastrada por cualquier grito que sonara a revolución. Fiel reflejo de una sangre que hervía ante las injusticias y las demandas de la carne. Liberal de pensamiento. Tenía, sin embargo, algo de la adusta arrogancia; de la pétrea insistencia; de fanático arrojo; de tesón inquebrantable; de intolerancia feminista, en la que los medios siempre justifican la causa mientras sea en provecho del movimiento y en detrimento del otro género. Para ella, las formas de la feminidad Standard, eran formas de la esclavitud patriarcal, de abuso de poder. La provocación, era su consigna; y la sexualidad, su campo preferido de ruptura y liberación.
El hombre no era su enemigo; solo un pretexto, un medio; un objeto de uso y disfrute. El contrapeso insuficiente, del naciente poder de la mujer; el primer poder.
Y así justificada por la explotación y el oprobio, parecía gritar al mundo. “Yo tengo la fuente del placer. Tú pagas su justo precio. Y como mi cuerpo es mío, sobre él decido yo”
Para ella, el sentimiento del gozo era el sentimiento por excelencia. Los demás un sucedáneo, una trampa; los mecanismos perfectos de control del poder machista. La revolución exigía mujeres prácticas. Pero como gran estratega, utilizaba el amor como caballo de Troya.
El hombre, ese ser enfermizo y débil; obsesionado por sus propios delirios de grandeza; por los arrebatos ocasionales de su celo; por la necesidad de creer en ideales inexistentes. En su miedo necesitado de ternura, siempre apegado y anhelante de la falda de su madre, era fácil presa. Solo hacía falta hacerle creen en la realidad de la existencia de lo que ya creía: Que ella era su mujer perfecta; el ideal soñado; el compendio de todas las madres del universo juntas; y, sobre todo, la posibilidad de desahogo de sus impulsos irrefrenable. Y que, con ella, todas sus bajezas quedaban justificadas y satisfechas.
En sus manos estaba el control perfecto: culpabilizarle por los deseos que pudiera albergar respecto a otras; porque solo ella le amaba; ella era la mujer de sus vidas y de sus sueños.
Los cimientos de la sociedad se basan en esta premisa tan simple; en este principio tan sólido: la renuncia a todas las mujeres en beneficio de una sola. Y yo, por supuesto, era el corso, sobre el que Diana apuntaba su arco.
Y así como no tengo dudas en cuanto a la fidelidad de casada se refiere, de soltera la cosa no está clara. No era mujer de un solo hombre. Las mujeres son ambiciosas, ninguna mujer se satisface con un solo hombre. Son lentas pero insaciables. Por eso Dios para frenar su deseo desmedido, tuvo que amenazarlas con la incertidumbre del resultado; con las graves consecuencias de sus actos. No os creáis que son más castas, solo más previsoras. Tienen más que perder, para ellas es más fuerte la carga.
Pero ella es más inmune a la culpa. La infidelidad no la delata, y sabe cómo manejarla en su provecho.
Un cálculo simple os demostrará que, en esta cuestión, por lo menos son como nosotros. Yo lo llamo “la regla del cincuenta por ciento.” No se puede acusar a un género de ser culpable, si no lo es en la misma proporción, ya que yacen el uno con el otro.
No es que las fallen las matemáticas, como a veces se dice. Las matemáticas las delatan, y por eso las obvian. Pero vez que rigurosas son con las cuentas de la casa. El día que la mujer se descubra, la economía será una ciencia exacta.
El tiempo apremia, y yo me pierdo en el relato. A veces la urgencia de testaros lo adquirido, y otras veces, como en el moribundo que soy, el desgarro y la sangre que sale a borbotones, ahoga mi garganta y no me deja hacer llegar a vuestros oídos mi mensaje más querido.
Y decía que… Si ya me acuerdo me fue infiel. No una sino muchas veces. Yo siempre la perdonaba y me hacia el loco. Me decía a mí mismo “que importa, para que suene bien, que a un violín le hayan tocado muchas manos; ¿no ofrece más garantías un bien muchas veces testado? No es la experiencia la madre de la ciencia. También en el follar la experiencia se hace notar” Y cosas por el estilo.
El hombre se engaña, su inseguridad le traiciona, su impotencia y su hambre ocasional le exigen la seguridad de una reserva. No sabe cuándo va a tener hambre y es muy caro el precio a pagar.
Para la mujer el método perfecto, desde el punto de vista del deseo, sería la poliandria, pero es un sistema que maximiza el riesgo, por lo tanto, prefiere la monogamia. Un hombre solo, entre otras ventajas es más fácil de controlar.
El hombre es un animal reproductor; la estrategia perfecta es por lo tanto la poligamia; y además minimiza el riesgo, disminuye la responsabilidad y el coste. Sacad la conclusión: ¿Qué sistema se ha impuesto? Entonces decidme quién manda.
Vuelvo a caer en la desazón, en la proliferación que mi alma embarga. Decía que ella, fiel a sí misma, me engañaba. Era necesario para ella. Pues educada en la más absoluta liberalidad, concebía la sexualidad como un medio de autorrealización; y una forma de comunicación interpersonal; como defensa contra los traumas, como forma de venganza; y también, y, sobre todo, como la perfecta estrategia de caza.
Pero que digo. ¿A quién, y en estos momentos le interesan estas cuestiones banales ¿Por qué alguien debería ocuparse de mis vacilaciones de varón celoso? ¿Quien, en verdad, podría interesarse por estas disquisiciones, ajenas completamente a la magnitud y atrocidad de mis actos? ¿quién se va a preocupar de mis cuestiones domésticas cuando tengo, por lo menos, mis manos manchadas en sangre; y en el mejor de los casos, he tenido la suerte de ser tocado por la gracia de la redención por el crimen?
Debería, simplemente, centrarme en lo obvio. Todo lo más, intentar acercar al entendimiento del hombre vulgar y limitado, a las profundas motivaciones morales y psicológicas, que, de una manera intrincada, se enredan en las raíces mismas de un alma noble; y que, para la mayoría de los mortales, solo es un vulgar asesino.
Por supuesto, no gastaré ni un ápice de mi escasa energía intentando justificar mis actos; el propio relato dará buena cuenta de ellos. Tampoco pretendo generar ningún tipo de simpatía, ni apelar a la conciencia del jurado o de la opinión pública, para que sea benevolente al juzgar mi causa. No lo hice durante el juicio. Me negué a declarar en mi contra. Eso sí, me declare autor de lo ocurrido, pero inocente, o por lo menos, no culpable. Además, lo único que queda pendiente, es la ejecución de la sentencia. Y como es público y notorio: he sido condenado a muerte. Y no estoy por el indulto. Mi muerte, en todos los sentidos, ha de ser un acto ejemplarizante.
¿Entonces, ¿qué es lo que pretendo? Algunos creerán, que, habiendo sido un personaje público, y miembro de una familia relevante, trato de dañar lo menos posible, la honra de ellos y de mis hijos.
Pero yo estoy orgulloso de mis actos, y no me avergüenzo, y creo que no debe avergonzarlos a ellos. Si, con el tiempo, ellos no lo entendieran; entonces, creo que no estarían a la altura de mi generosidad, de la magnitud moral de mis actos; y justo por ello, no les debo ninguna clase de consideración.
Pero esto, que pronto no corresponderá ni a mi tiempo, ni a mi mundo. Y yo, ahora, en este momento, solo tengo una obligación ineludible: poner en paz mi alma con Dios, y justificarme, solo y exclusivamente ante mí mismo. Lo demás, es ociosidad para el pensamiento, o vano intento de perdurar en la Memoria Pasajera.
Si, es cierto que, por ello debo hacer un esfuerzo personal para sobreponerme a la urgencia, y a la vorágine de los acontecimientos; que ejercieron sobre mi fascinación tal (que he de confesar), en algún momento, y mientras ocurrían los hechos, no fui plenamente consciente ni de su alcance, ni de sus repercusiones.
Con ello, por supuesto, no pretendo crear la mínima duda sobre mi responsabilidad. Por si no ha quedado claro, asumo la autoría y mantengo que, las condiciones en las que se realizaron estos hechos, fueron las más idóneas desde el punto de vista de la conciencia.
Para explicitarlo, no se me ocurre mejor defensa, y como bien dice Nietzsche cuando habla de la “Claridad de la conciencia en el acto del crimen”. Que yo fui un criminal absolutamente responsable y claramente consciente de mis actos.
Y yo, además añado con rotundidad que: nunca fui más consciente de ninguno de mis actos, ni valore con tal precisión el alcance de las consecuencias, como cuando realice el crimen.
Pero todo relato tiene unos antecedentes, y todo comportamiento se gesta por un encadenamiento de circunstancias, que los psicólogos llaman estímulos, y los juristas antecedentes y móviles: Yo simplemente lo trataré, como la revelaciones; que, poco a poco, me pusieron al descubierto las necesidades ineludibles que concurrieron en la obligación precisa, en la fatalidad rigurosa de los hechos.
En el fondo, todo es muy sencillo de enfocar. Se trata de una radical exigencia de verdad. Y siendo rigurosos, la obligación ineludible de ser y comportarme en conformidad con la auténtica naturaleza de mi ser. O lo que es lo mismo, una imposición imperativa de rigor socrático. Pues si él dijo: “conócete a ti mismo” ¿Qué pretendía con ello, si no es el mandato de: “Llegar a ser lo que en verdad uno es”? Por lo tanto, mi rigor es el resultado de una exigencia, filosófica, ética, moral. Es decir, un precepto ineludible. Y como tal, lo tome yo,
La sociedad define nuestra trayectoria. Nuestros padres, nuestros amigos, nuestros parientes, la escuela, nos dicen lo que somos o lo que debemos ser. Y nosotros, la mayor parte de las veces, y de forma acrítica, vamos elaborando una imagen de nosotros mismos; algo, que, por supuesto no es ajeno, que no se ajusta perfectamente a nuestra piel, y que llegamos a cargar y sufrir como algo disonante; y que la mayoría de las veces nos hace infelices, inauténticos. Todos, en cierta forma somos como travestidos del espíritu.
Pero, de vez en cuando, alguno (bien es verdad que somos excepción, uno entre millones, nos sentimos incomodos en nuestros zapatos; inseguros de nuestros nombres; ajenos a nuestra propia piel; y si me apuráis, incomodos con nuestros propios pensamientos, actos y formas de vida.
Pero solo los más afortunados, se dan cuenta que viven en el hombre equivocado. A veces su sombra no se corresponde con la proyección de su cuerpo, o es el ruido de sus pasos el que le resulta ajeno.
En mí, no alcanzo a saber por qué, fue más contundente. A partir de un momento me desdibuje en el espejo. Ya no era el sujeto que hasta entonces había sido; y empece a no reconocerme en mi imagen.
De repente, perdí todas mis facciones. Estuve un tiempo desconcertado, errabundo en el estupor, yo sabía que no era el que había sido hasta entonces; pero desconocía quién, en verdad, era.
Y he aquí, que por arte de magia se fue definiendo un contorno. Primero aparició una especie de brillo siniestro; como dos motas de maldad en el espejo. Pero eran apenas perceptibles. Creí que eran manchas, y traté de quitarlas repetidas veces con la toalla; pero siempre volvían a aparecer.
A veces, tenían un brillo opaco; como la luz de los ojos de un pescado muerto, pasado. Hasta que caí en la cuenta de que, por la distancia relativa entre ellos, y por la altura a la que se encontraban, bien podía ser el reflejo de unos ojos. Y un escalofrió de miedo recorrió mi espalda. ¿Cómo era posible que una criatura incierta, informe, me pudiera mirar desde una dimensión desconocida inserta en el espejo; a mí, ¿que era invisible en él? Durante días el miedo me impidió entrar en el baño. ¿Pero miedo a qué??
incluso a la experiencia más aterradora se habitúa uno; hasta el punto de que, puedes llegar a sentir una curiosidad apática; indiferente por el increíble suceso. Y empiezas a incrementar tu frecuencia ante es espejos.
Y poco a poco, de forma progresiva, se van definiendo rasgos más precisos. El contorno de los ojos; las pestañas; la forma; esas profundas ojeras. Si, son unos ojos que parecen mirar, pero sin ver; ensimismados en el misterio; ahítos de todo lo externo. Como si miraran a través de un cristalino opaco, tratando de adivinar y asumir lo incierto.
Y lentamente, va apareciendo el contorno de una cara embrutecida. Todavía sin facciones definidas; manchada por una suciedad, que no es debida al descuido ni al color de la piel. Entonces, empiezas a pesar que quizá sea un reflejo de eso que llaman alma. ¿Pero alma de quién?
Se supone que, si solo se da cuando tu estas ante el espejo, debe haber una correspondencia entre ella y tú. Mejor: eso a lo que tú no tiene acceso de ti y que algunos llaman alma. No te gusta; pero a ti te preocupa. Sabes que está incompleta; que es un esbozo primigenio de algo remoto.
Por primera vez, empiezas a sentirte afortunados pues crees percibir aquello a lo que nadie, sino tú, tiene acceso. Todos, cuando se contemplan en un espejo, ven su exterior; en verdad, lo que menos son ellos. Lo que los demás les dicen que ven cuando te miran.
Pero tú ves lo que nadie ve. Si … primero algo incipiente; impreciso; pero que viene de muy lejos, de muy adentro de uno mismo. De los confines del infinito, de las raíces de esas entelequias fundamentales que el mismísimo Platón describía.
Y la curiosidad crece en ti. Y cuanto más te miras más te ves. Mas preciso, con rasgos más definidos. Intentas primero encontrar alguna pista, algún parecido familiar. Pero pronto caes en la cuenta de que tu solo ves en los demás unos cuantos arquetipos deformados, y sociablemente aceptables. En verdad, nada de lo que ves es cierto. Ninguno es lo que tú ves.
Tú, por lo tanto, debes buscar en ti la esencia de tu ser; quien tú de verdad eres en tu interior. Y entonces es, cuando caes en la cuenta, de que, en verdad, nunca has sabido quién eres. Y adoptas una actitud de contemplación pasiva; curiosa; expectante; asistes a la película de la configuración de tus facciones para descubrir en ti, a ese tú, que en verdad eres.
Estas en el ojo del huracán. Ya eres presa de una fuerza irresistible. La curiosidad sobre tu naturaleza se va apoderando de ti. Y luego el convencimiento firme de tu resolución; la fuerza de una voluntad que crece por momentos. Y tomas posesión de ti; te empoderas. Has llegado a la vida, empiezas a ser tú mismo.
Y un día, de repente, cuando menos te lo esperas. Apareces. Ya no volverás a ser jamás un extraño. Tienes un destino que cumplir. Ser o no ser, pero si soy, entonces………
Fue así de sencillo; así de simple. Una mañana me levante. Y, como todas las mañanas, me fui al baño. Aquella noche, volví a tener mi sueño. Pero esta vez…, aunque no había elementos ajenos a la armonía del comedor…Sin embargo, las rosas brillaban con unos colores fulgidos, encendidos, de un rojo sangre que parecía hasta teñir las paredes de agónicos carmines…….
Pero no era eso……. Aquella noche, como todas en mi sueño llovía, y yo salía descalzo. Pero ya no estaba en el sueño. Estaba muy despierto y, sin embargo, a medida que me desplazaba, mis pies húmedos iban dejando mis huellas por todo el comedor y el pasillo, hasta llegar al lavabo.
CONTINUARA….